Nos encanta pensar que cambiar de año nos va a cambiar la vida. Que el fin de un año y el comienzo de otro es un buen momento para reflexionar sobre cualquier cosa. Para recordarnos a nosotros mismos quiénes somos y de qué estamos hechos. Para tomar decisiones; soltar lo que ya no queremos y arriesgarnos por lo que siempre quisimos. Un buen momento para decir basta a todo aquello que nos está haciendo mal y un momento espectacular para empezar de nuevo. Nos encanta la excusa perfecta de que algo termine para hacer catarsis. Como si no podríamos hacerlo todos los días, como si necesitaríamos sentir el final de algo para replantearnos todo. Como si no estaría bien cualquier momento para sentarnos a pensar y preguntarnos qué nos está pasando...
Y no es que no me gusten las fiestas, lo que me molesta es la época que las rodea; la tensión con que se aproximan, el calor que nos malhumora, la inestabilidad del clima, el apuro de la gente que no llega a ningún lado. No me gusta que todo se vuelva más importante y nos afecte el doble; que el dolor de la ausencia se haga menos soportable, que se extrañe más al pasado y se piense menos en el presente. No me gusta que festejar esté impuesto cuando podemos juntarnos todos a brindar por lo que queramos cualquier día. Porque todos los días del año son un buen momento y sin embargo, vivimos esperando que llegue algo que nos una. Necesitamos de esa excusa perfecta para reencontrarnos, creemos que está bien fingir algunas cosas sólo porque se trata de una fecha festiva, a veces ni siquiera somos del todo sinceros al celebrarlo y nos dejemos engañar por la monotonía. Ojalá todos sintiéramos tanto todo como a fin de año lo hace la mayoría. Ojalá cualquier fecha fuese motivo de festejo, de recordar sin que duela, de abrazarnos las tristezas y de multiplicarnos las alegrías...
Porque cualquier sol es buen momento para colmarse de felicidad por lo bien vivido y para ir despojándose de todo lo malo. Siempre es necesario hacer balance, pensar si estamos en el lugar que queremos estar, curarse las heridas hasta que sanen, disfrutar las experiencias transcurridas sean positivas o no, aprender predispuestos y enseñar todo lo que sepamos. Todos los días nos podemos transformar, ir mutando para dejar de ser lo que eramos y ser siempre un poco mejor. Volvernos esencia y actuar con el corazón, querer con el alma y mirarnos a los ojos. Nunca no es buen momento para empezar de nuevo. Podemos enorgullecernos hasta de los errores que, en definitiva, nos hacen ser quienes en realidad somos. Podemos desatarnos del mal recuerdo y volverlo risas; mudar sensaciones, cambiarlas si no son las que queremos, elegir la alegría, impulsarnos y dejarnos crecer. Para acariciarnos y besarnos la frente, apretarnos las manos y encontrarnos junto a los que amamos y nos aman. No dejarnos nunca pertenecer, ni a fechas conmemorativas, ni a lugares que nos encierren, ni a nada que nos imponga ser algo que no queramos, porque eso es lo que nos paraliza. No hacen falta ni navidades ni años nuevos para vivir siempre y sonreírnos. Cruzarnos y abrazarnos a la buena gente; alejarnos de todo aquello que nos lastima, nos enrosca o no nos hace bien; rodearnos sólo de las personas que nos saben querer tal cual somos, con todos nuestros defectos. Acompañarnos y sernos fiel. Festejar sólo y cuando tengamos ganas, sin rendirle nada a nadie. Reírnos fuerte, llorar mucho y sentir;
SENTIRLO TODO, que es más importante sentir que comprender.
Porque cualquier sol es buen momento para colmarse de felicidad por lo bien vivido y para ir despojándose de todo lo malo. Siempre es necesario hacer balance, pensar si estamos en el lugar que queremos estar, curarse las heridas hasta que sanen, disfrutar las experiencias transcurridas sean positivas o no, aprender predispuestos y enseñar todo lo que sepamos. Todos los días nos podemos transformar, ir mutando para dejar de ser lo que eramos y ser siempre un poco mejor. Volvernos esencia y actuar con el corazón, querer con el alma y mirarnos a los ojos. Nunca no es buen momento para empezar de nuevo. Podemos enorgullecernos hasta de los errores que, en definitiva, nos hacen ser quienes en realidad somos. Podemos desatarnos del mal recuerdo y volverlo risas; mudar sensaciones, cambiarlas si no son las que queremos, elegir la alegría, impulsarnos y dejarnos crecer. Para acariciarnos y besarnos la frente, apretarnos las manos y encontrarnos junto a los que amamos y nos aman. No dejarnos nunca pertenecer, ni a fechas conmemorativas, ni a lugares que nos encierren, ni a nada que nos imponga ser algo que no queramos, porque eso es lo que nos paraliza. No hacen falta ni navidades ni años nuevos para vivir siempre y sonreírnos. Cruzarnos y abrazarnos a la buena gente; alejarnos de todo aquello que nos lastima, nos enrosca o no nos hace bien; rodearnos sólo de las personas que nos saben querer tal cual somos, con todos nuestros defectos. Acompañarnos y sernos fiel. Festejar sólo y cuando tengamos ganas, sin rendirle nada a nadie. Reírnos fuerte, llorar mucho y sentir;
SENTIRLO TODO, que es más importante sentir que comprender.