Me había acostumbrado tanto a escribir del desamor que cuando por fin el amor colmó mi vida, no supe qué escribir. Siempre pensé que me gustaba escribir cuando estaba mal. Sin embargo, viviendo apasionadamente un presente que me tiene tan bien que me da miedo, el año nuevo me devolvió esas ganas de volver a escribir y sentir escribiendo. Las mismas que perdí cuando creí que escribirlo todo me quitaba vida, olvidando que muchas veces, poder escribir me hizo sentir viva cuando pensaba que ya me había muerto.
En uno de esos balances anuales con sabor a poco me di cuenta que casi sin querer, durante un intenso año de crecimiento, amor y mucha fe, escribí por ahí varias cosas mientras experimentaba quizá los mejores momentos de mi vida. El 2017 se me pasó volando, pero ésta vez, elegí volar también dejándome elevar con la certeza de que en realidad, siempre alguien me sostiene y es el mismo que nunca me dejó caer del todo.
Bendito Dios que colmó mi vida de esperanza para mostrarme que nunca es tarde para empezar de nuevo y que siempre hay tiempo para amar.
Gracias a Dios que me enseñó que amar no es poseer, amar es dar libertad. Así nos ama Dios y así quiere que nos amemos. Todo lo demás son desviaciones del amor.
No es fácil escribir sobre la inmensidad. Pero sé que todo es posible para el que cree. Por dónde empezar a compartir sobre todo lo que escribí y no publiqué sino es por lo más importante. Despacito, 2018 sin apuros. No tengo mucho más para decir sólo que al final, todo es el amor, y Dios, es absolutamente todo.
Escribiendo, leyendo y escribiendo otra vez. Viviendo, experimentando, sintiendo y amando. Sin dudas comprendí por sobre todas las cosas algo:
que el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

