Después de convertir una colección de desilusiones en la inmensa tranquilidad que me estabilizó poniéndome nuevamente los pies en la tierra y la mirada en el cielo, comprendí la esencia de todas las situaciones que me habían hecho perderme en mi misma y lo que es peor, perderme a mí.
En cada situación, vivir es morirse un poco. Porque allá vamos y porque no tendría sentido que lleguemos y nos marchemos siendo lo mismo. Nos vamos muriendo lento aunque suene tan álgido para algunos o tan arrebatado para otros. Aunque estén quienes negativamente comprenden la muerte como lo peor que podría pasarnos estamos el resto, que elegimos comprender la misma como la parte menor de toda una vida, que inevitablemente tiene que llegarnos. Y seguro estén los otros, los demás y unos cuantos que piensen distinto. Habrá tantas o más opiniones sobre la misma cosa como personas en el mundo o como mundos en cada persona.
Pero para mí, vivir es morirse de a poco porque en cada situación perdemos algo. Vivir es lastimarnos, es sufrir y es temer, es amarnos y odiarnos. Vivir es lamernos las heridas sin asco, cubrir las cicatrices con miedo, volver a los sitios en los que éramos porque ya no sabemos quién carajo somos. Vivir es ir mutando, despedazarnos y juntarnos los restos para intentar armar algo y volver a romperlo. Es trascender con los años, mal acostumbrarnos y batallar para triunfar y ser derrotados.
No hay tiempo para nada, la vida misma puede terminarnos en un segundo y nosotros no somos dignos de terminarla cuando queramos. Las vidas que se derrumban con la pérdida de una es una familia de muertes anunciadas, de cuerpos cansados que siguen viviendo y de almas desahuciadas que ya se marcharon. Odiamos la muerte porque no la entendemos, porque no estamos capacitados para soportarla. Porque a fuerza mayor lo hacemos y sin opción escuchamos decir que la vida sigue y no lo creemos. Cuando alguien se va de nuestro alcance la vida no sigue, la vida cambia. Será cuestión de aprender a cambiar de vida para poder sobrevivir o para seguir viviendo.
En cualquier situación vivir es atravesar el dolor, aprender de eso como si no se pudiese aprender sin sufrir. Es perder el corazón, es ir hasta las ultimas instancias, es dejarlo todo sabiendo que lo podemos perder en un segundo. Es suturar heridas, es quedarnos sin aliento, sin alma, sin latidos. Vivir es ir en contra de los vientos. Vivir es insistir en lo que sabemos que nos causa daño, en lo que nos asusta o nos da vértigo.
Tal vez de eso se trate la vida. De vivir muriendo, de merecerla sufriendo. Tal vez en todas esas situaciones haya vida porque hay en las mismas daños inevitables. Y en conclusión la vida sea todo eso junto; un perseverante resarcimiento de la suma de nuestros errores y pérdidas. Un reparto equitativo de amor y paz entre todas las personas que nos acompañan en todas nuestras situaciones. Un contrato de amistad y cariño con quienes llegan y se quedan para siempre. Porque es la misma vida la que nos enseña a dar a cada quién lo que se merece, porque es ella misma la que nos prepara para morirnos haciéndonos soportar todo tipo de sufrimiento porque sabe que un día, sin más, dejaremos este mundo. Dejaremos de vivir después de haberlo dejado todo por hacerlo. Nos anestesia con cada herida y nos hace bien fuertes para irnos.
Yo no creo necesariamente que querer sea poder, porque ese poder está en uno mismo y depende de cada uno de nosotros lograr lo que queramos. Por eso las cosas no son así,
están así.
Y las podemos cambiar, cuantas veces lo creamos necesario; cambiar de vida, cambiar de rumbo, cambiar de ideas, cambiar de amigos, cambiar de nombre, cambiar de gustos, cambiar la música que pasen en la radio porque ya no nos mueva lo mismo. Cambiar la forma de vestir y la manera en que miramos el horizonte cuando se pone el sol. Cambiar la tristeza y la angustia por algo mejor. Cambiarnos de piel y mirarnos desnudos, cambiar de amor y cambiar el mundo. Todo podemos cambiarlo.
Si vivir es morirnos en cada situación para renacer en las continúas y volver a hacerlo, que morir sea seguir viviendo. Que no sea tan triste, que no nos desarme. Que sea adelantarse al mismo lugar al que vamos todos y que no sea perdernos; que sea amor puro y mucho afecto. Que sea abrazos celestiales, noches estrelladas y rock del bueno. Cambiemos la connotación y que morir no sea tan malo; no sea tan desgarrador ni tan mundano. Que tal vez sea nuestro eterno karma humano, pero que no nos destruya la muerte. Que algo más tiene que haber. Que si podemos seguir amando sin vernos, tocando y sintiendo, extrañando y pasando por cada recuerdo; la muerte no es el fin sino un nuevo comienzo. Cambiemos de dioses y de religión que el título es lo menos, cambiar cambiemos, pero nunca, nunca perdamos la fe del reencuentro. Del abrazo fraterno, del dolor que al fin sana y de ese paraíso, donde abundan las almas y estamos unidos. Que no nos sorprenda si un día nos vamos si para eso vinimos.
Si la vida sea eso y si morimos un poco en cualquier situación,
vivamos por siempre, que a veces las cosas, no son como son.