28/7/15

Siempre extrañándote

No sé si extrañarte me consuele a dejar de quererte sin quererlo,
pero me duele menos.
Duele menos cualquier cosa a quererte y que no me quieras del mismo modo.
Del mismo modo del cual me enamoré en el principio del todo.
Del todo nuestro, el que repentinamente volvió de colores oscuros lo transparente y te puso del lado opuesto. Del lado opuesto al mejor de los tiempos,
del estúpido lado en el que jamás quise verte.

Quise verte lejos desde que me obligaste a dejar de quererte,
pisaste dónde no debías y salpicaste errores conscientes,
escupiste para arriba mentiras que cayeron en mis ojos.
Mis ojos que no te ven pero te extrañan siempre.

Siempre porque así no duele,
porque así puedo pensarte.

Y pensarte es pensarnos juntos,
y juntos nada puede dolerme.

Del nada puede dolerme al me duele todo estás vos.
Vos que ya no sos quien irrumpió mi vida para conquistarme.

Conquistarme que no fue lo mismo que elevarme y no saberme sostener.
Sostener que a mí siempre me resultó tan extraño.

Tan extraño como haberte tenido sin saberte querer.
Querer como nadie había sabido quererte.

Quererte pero conmigo,
pensando en vos siempre.


26/7/15

Nosomos

La urgencia de vivir me obligó a partir sin dejarme ver qué era exactamente lo que estaba dejando atrás. Vacié el recipiente de lo que fui haciendo lo imposible por conectarme más conmigo y ya no tanto con nosotros. Porque el hecho de que entre los dos haya otros, significó este nosomos que me hace temblar para darme cuenta que a veces, algunas oscuridades iluminan y algunos soles oscurecen. Para entenderlo de una vez y listo: que ni vos, ni yo, ni un recuerdo que nos una extrañamente podrá volvernos a poner en nuestro sitio. Me fui lejos de vos para perdonar y perdoné todo por mi misma, me quedé con cada cosa buena para dejar de cargar todas las malas que con rencor me enfermaban los días y me intoxicaban las noches. Te fui sacando cualquier nube negra que te encimara; y olvidé todas las lluvias y tormentas que me rodeaban, dejé entrar la luz por la ventana para despedirme de todas las veces que lloré por tu culpa y entender que todo lo que perdí por vos te convierte en una batalla ganada.
Que el premio de la misma fue el nosomos y que desde entonces al fin soy,
que aunque aún sufro las réplicas del dolor y de las pos súplicas de perdón con las que me colmabas las ganas, aprendí a amarte sin querer.
El terror recorrió todas las grietas de mi vida así como la sangre corre todavía por las heridas que no se me cierran; y finalmente decidió quedarse en mi cual enfermedad sin cura para no dejarme volver a querer. Y yo, que no me dejo volver;
y vos, que no me dejas querer.
Seguís ahí haciéndome creer que sos el amor y que no hay nada igual. Que no puedo mirar a nadie a los ojos sin sentir mentiras, que no puedo confiar ni proyectar nada. Perdí el placer de sentirme sana y no puedo fingir cosas que no son. Ahora vomito el maltrato y las sombras de lo que sólo vos y mi cuerpo saben, así como quien devuelve algo que le cayó mal, tan mal como vos a mi, te devuelvo y vomito con vos los miedos que no me dejaban ser por seguir siendo nosotros. Me vuelvo agua para apagar el fuego del incendio de mi alma después de amarte. Todavía no sé por qué no me morí.
Me estremece saber que podría haberlo hecho.
Puede ser que necesitaba amarte así,
necesitaba amarte,
irme del todo a la nada,
de tu infierno al fondo del cielo;
prenderme en llamas para apagarte y hacerte agua,
sentirte lo suficientemente mío como para tenerte conmigo por toda la eternidad.
Nosomos no,
somos.