Eso que nace cuando aprendes a ser torpe para no soltarte. Lo que está, siempre está cuando dos se miran y el resto sobra. Lo que te enciende, te despierta, te duerme, te apaga y te vuelve a prender. Eso que pasó cuando descubriste las emociones que desconocías que existían pero ahí están, inundándote los pasos. El lugar que te tranquiliza y el motor que te arranca. Lo que te sube y baja al mismo tiempo; y lo que pasa cuando volves a casa y ya estás en casa. El beso en la frente. El apretón de manos cuando por fin los dedos encajan. Las caricias apuradas que se apresuran y se chocan la pared; las que no saben con quién irse y las que no saben con quién quedarse. Las que enlazan muros indestructibles y curan, despacio, pero curan.
El abrazo, porque todo lo anterior tiene que ver con el abrazo, el abrazo que estruja y cede y vuelve a estrujar. Las palabras que mitigan todo lo demás y hacen que lo único que valga sea que uno más uno, un día, ya no de dos. No hay que dudar de la eternidad del amor. Porque el amor existe en quien lo recibe y en quien lo ofrece, y en todas las cosas que a uno le pesen. Ahí, donde los huesos de tu cuerpo coinciden con sus besos..
El abrazo, porque todo lo anterior tiene que ver con el abrazo, el abrazo que estruja y cede y vuelve a estrujar. Las palabras que mitigan todo lo demás y hacen que lo único que valga sea que uno más uno, un día, ya no de dos. No hay que dudar de la eternidad del amor. Porque el amor existe en quien lo recibe y en quien lo ofrece, y en todas las cosas que a uno le pesen. Ahí, donde los huesos de tu cuerpo coinciden con sus besos..
También en todas las partes que aprendes a verlo, y en los lugares que ahonda mesura, pero ya no estás vos, ni yo, ni nadie, ni nada. Lo efímero en realidad son las relaciones, que no llegan a ninguna parte, que siempre terminan, que nada es para siempre. Pero no hay que dudar de la eternidad del amor; existen cosas que no se terminan nunca..
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