No doy explicaciones.
Mis amigos no necesitan que lo haga y mis enemigos no me creerían si lo hiciera.
Mis amigos no necesitan que lo haga y mis enemigos no me creerían si lo hiciera.
Pero escribo, escribo para no morirme...
Estuve enamorada al punto de tocar el cielo con las manos, y fui decepcionada al punto de padecer el mismo infierno. Sé que más que cualquier persona especializada, yo misma puedo comprender qué peso tienen y qué significan cada una de las cosas que me pasaron. No discuto en lo más mínimo que cuando algo hace daño, hay que ponerle fin. Pero aunque todavía existan personas que no lo saben: el amor, la suma de uno y uno cuando da uno, la receta justa para hacerme sonreír, la complicidad que es tanta, un poquito más que hacerte bien, ese querer que todo lo puede perdonar, necesitarte y muchas otras cosas más. No tienen nada, pero nada que ver, con los puntos suspensivos que dejaste o con el punto final que dejé. La esencia de todo lo que nos sucede nunca cambia, perdura. Y dicen que -nada es para siempre- pero sabemos que el alma es eterna. Llegar hasta el fondo de las cosas es ponerle fin y terminar la historia que empezamos, pero es también vivir para contarla...
Los finales, son comienzos.
Y me gusta creer que uno nunca quiere igual, que va encontrando cada vez a quién y cómo amar más y mejor, aunque el miedo se nos vaya en ello. Sería un desperdicio enamorarse tan monstruosamente de alguien, una sola vez...
Sabemos que todo termina, pero sabemos también: que todo vuelve