20/11/14

Un minuto antes de rendirme

Santa fe y Agüero, línea D sin pasajeros. Por favor, deja de poner tan lejos el alma de mis labios y de llevar la frente tan lejos del suelo. Acercate que te quiero dar un beso. 17 y 30 no sé. Nunca sé qué hora es cuando te tengo cerca. Me gustaba pensar los aires nuevos como buenos aires. Escaparme a donde no encontrara nada que se te parezca. Intentar olvidarte. Pero es que te eché tanto de menos, que te encontré en todas partes. Bajé la cabeza y atravesé el recuerdo en el último asiento del colectivo más inoportuno de todos. Miré sin querer y nos reconocí. Nos despedíamos por enésima vez y todo parecía igual que siempre. No fue malo saber que eras vos, ya no doles. Lo malo es haberme visto a mi besándote desesperada, como sabiendo que esa era de las últimas veces la última vez. Estábamos suspendidos por encima de la gente, vos te reías y yo te besaba la frente. Flotábamos en el aire despidiéndonos. Como si los dos ignoráramos que nunca más íbamos a amarnos. Que nunca más, íbamos a amarnos.
Nace una vida después de otra y yo me muero cada vez que te nombran. Cada vez que levanto la mirada buscándote y ya no estás ahí, esperando. Hace 40 minutos que estoy viajando y ahora me siento confundida, no sé bien de qué estoy hablando. Eran cuatro tardes de abril que perdí en mi memoria y un millón de horas queriéndote ese día.
Me quedo observándonos cada vez que paso y nos veo. Tal vez los dos nos quedamos para siempre en el tiempo. Más bien me fui para no volver y sin querer, vuelvo cada día.
Y cuando creí que ya no había más lugares, ni calles, ni esquinas con tu nombre, te vi abrazarme sin aliento sabiendo que nunca más volveríamos a vernos.
Que nunca más, volveríamos a vernos.
Te encontré