Conocí un amor y lo sostuve, mantuve mis ojos en los suyos hasta obtener el dolor de cabeza más profundo de todos los que tuve. No era su mirada transparente y había algo más detrás de sus ojos. Teníamos música en común y me entendió perfecto cuando le hablé de que el primer beso o el primer polvo nunca es el último, aunque busquemos todo lo contrario. Me tocó de manera que pudo calentar en un verano, todos los inviernos que me quedan. Es imposible definir el tiempo exacto pero creo que fueron veinte tardes de mar y arena, ocho noches de luna llena, una estrella fugaz en terraza ajena y la primer persona a la que quise porque no sabía cómo no quererla.
A veces necesitamos dar cuenta de que la vida que vivimos merece que las cosas salgan mal de vez en cuando. Que está permitido equivocarse, que es necesario caer para aprender a levantarse. Que cuando dejamos ir algo nos preparamos para aceptar que le estamos dando la libertad de pertenecer a otros. Y que del mismo modo, cuando nos dejamos querer por alguien, ése alguien nos roba del cariño del resto. Todavía no sé como alinear todo esto. Ni tampoco que me gustó más: si despertarme en el mar o dormirme en la arena. Si darte la mano o sentirte las venas. Sigo sin certezas, quiero volver desde antes de haberme ido. Podría vivir ahí a pesar del frío, soportar inviernos nevados y combatir próximos veranos. Creo que me volví a enamorar...
