Soy feliz desde que me desperté el último invierno cansada de estar triste.
Escribiendo sobre cosas que no están y soñando cosas que no existen. Que el recuerdo amargo guardó en el olvido de todo eso que deseé olvidar y no pude. Me desperté convencida de que la primera vez que alguien te hace daño es culpa suya, pero la segunda la culpa es tuya y es indiscutible. Entendí al fin que las personas no cambian y que quien no se hace cargo de sus actos, difícilmente tenga ganas de cambiarlos.
Me desperté ahogada en mi misma y harta de dormir en el mismo lugar. De ver como escribía conflictos inventados o amores acabados que no merecían la pena; ni la alegría, ni la tristeza. Comprendiendo que quien te causa un dolor tan insoportable como para necesitar escribirlo, no merece en realidad ni una sola letra...
Me desperté y por primera vez después de tantas veces, quise estar despierta. No me acuerdo del frío, de los días siguientes, del por qué del cómo ni de todo lo demás. Sucedió de repente. Estaba decidido y era todo excelente. Comencé a escribir de la soledad sin poder recordarla, supe que la soledad está bien, que lo que está mal es emborracharse de ella y lidiar al otro día con la peor de las resacas. Que lo que está mal en realidad, es emborracharse, y no estar solo. Tomé otra decisión y cambié por café el vodka. Volví a las noches de desvelo y brindé sin copa. Escribí cosas lindas y dejé de dibujar en villa tristeza para emprender este viaje. Mi mejor excusa: las oportunidades son de quien las toma. Me tomé las primeras vacaciones de mi misma. Elegí el mar...