Cuando aprendí a estar sola entendí dos cosas: que hay vida después del amor,
y que hay amor después de la vida...
Tal vez la diferencia entre hacer el amor y no hacerlo sea que en lo segundo,
siempre hay alguien que vuelve a casa solo.
Y quien elige estar solo aprende de ello; entiende la felicidad propia,
comprende la distancia más rápido que los abrazos;
y aunque cualquiera de los dos le suena a derrota,
nunca elige el primero.
Del amor después de la vida entendí el desengaño.
El peor de todos los amores y el mejor amor que he visto en años...
No sé si realmente te quiero. No tengo certezas desde que sé de vos.
Lo más triste del título es no ser yo, tu y sin embargo.
Lo inmensamente feliz es historia.
Lo que dibujé en tu memoria, gemí en tus oídos y escupí entre tus cosas. Los veintiocho besos que dejé que robaras y las malditas veces que me dormí en tu cama.
Estuve a dos suspiros de traerte conmigo.
Te dejé, pero volví a buscarte y ya te habías ido...
Con -traerte conmigo- te hablo de vidas cruzadas. De enredarte a reproches y rogar que te quedaras. En mi vida, en mis sábanas. En los estúpidos sueños que tengo con tus manos. En donde yo siempre huyo y vos me estás agarrando. De los pelos, de los brazos. De los vértices de mi alma y me despierto. Y me doy cuenta que estaba soñando.
Que te estaba soñando...
Con -te dejé- te hablo de que te dejé entrar por puertas que ni yo misma podía abrir sola. Es decir, te dejé pasar a lugares a los que no me atrevía a ir. A los que jamás había ido nadie, y a los que pensé jamás, iba a dejar que alguien pasara.
Hasta vos, que entraste por las malas...
A veces siento que yo entré a tu vida por la puerta de atrás,
y que es por ahí mismo por donde me tengo que ir...
Pero la vida entre tus órdenes era más interesante que la muerte disfrazada de vivir donde vivo. No me gusta perder el tiempo en pensarlo, me da lo mismo todo.
Menos que algún día lo sepas, que lo escribo y que te extraño...