14/10/13

Solo existen dos días en los que no se puede hacer nada: ayer y mañana. Por lo tanto, hoy es el día ideal para vivir

No sé que me trajo exactamente acá hoy, ni cuál es el fin o cuáles los medios.
Sólo sé que extrañaba sentirme como me siento,
y que extrañaba más poder escribirlo.
Escribir sin dolor.
Vuelvo a escribir con los pies en la tierra y la mirada en el cielo.
Ya no tengo el alma acalambrada y no sé cuánto puede durar, pero tampoco me importa
¿Quién sabe cuánto dura la felicidad?
¿Quién tiene la certeza de cuándo empieza y cuándo acaba?
Estar feliz es una adquisición y serlo una bendición. Hay que saber elegir.
Las decisiones que tomamos no siempre son las que queremos,
pero normalmente, son las indicadas.
Al final, el tiempo si cura aunque lo haga muy lento.
Irónicamente al tiempo hay que esperarlo.
Después de tanto ya estoy encariñada con la lentitud con que se pasa, porque ahora, no sólo siento que volvió la alegría a mi vida sino que yo misma me siento la alegría y pocas cosas mejores que ésta me pasaron. Aprendí a ser fuerte y a amar al mismo tiempo. Me enamoré así de la vida aunque doliera. Entendí que no nos pone más que ante situaciones que somos capaces de vivir y que nos enfrenta a personas, corazones y almas que vienen y van. Pero que también nos demuestra que sólo lo que se queda, es lo que vale la pena. Y la alegría, la euforia, el amor y hasta las tristezas. Porque yo fui triste mucho tiempo. Estuve en el suelo y me costó subir. Y cuando estaba llegando de nuevo a la cima, me volteó quien más me había ayudado a hacerlo. Pero ya tampoco me importa.
Ni cuánto perdí ni cuánto me queda. Es que los amigos que se van y no regresan, nunca estuvieron. Las personas envidiosas son las que no pueden aceptar la felicidad ajena. Y el dolor que nos invade con recuerdos no se puede evitar (o al menos yo no puedo). A la tristeza renegada que se quiere quedar, le hago lugar. A las personas que me robaron sonrisas en mis peores momentos, a las que están aunque no las vemos, a los fines de semana con amigos sinceros, a los abrazos que resisten la distancia, el tiempo y cualquier ingrato invento; a todas esas cosas que nos hacen sentir muy bien; (la música, los amigos, la familia, los libros); a mi gata que siempre es un buen motivo y que llena vacíos con mimos, a las cosas que me gusta hacer (escribir, leer, bailar y correr).
A todo lo que viene y va pero siempre vuelve, a todo eso que vuelve, le hago lugar.
Y porque hoy lo elijo y una amiga me lo dijo: vivo, siento, respiro, lo digo y lo escribo: persigo mis sueños, subo a una montaña, me pongo dos rueditas y me dejo llevar.
Es que todo vale a través del tiempo, porque todo lo que nos pasa tiene algún sentido. Incluso eso que nos hace ser tristes por tanto tiempo. Después de todo uno aprende a amar y quizá es de eso de lo que se trate la vida. Amo para vivir, para resistir, para seguir acá, para ser fuerte y para agradecer. Para agradecer a todo eso que sí me importa. Que me generó estar hoy así a pesar del dolor instalado. A todo lo que me enseño quizá sin querer, a apreciar lo que tengo en vez de lamentar lo que tuve. Comprender a merecer la vida, dándola.
Ser la suma de todo lo que he vivido y el cambio que quiero en el mundo.
Amo todo lo que conservo y conservo todo lo que amo.
Entendí que no importa qué nos ocurra, importa cómo lo afrontemos. También dormirnos con un sueño y levantarnos con un motivo; y las huellas que dejamos y las que nos dejan. Importan mucho los peores errores y más dolorosas caídas, porque quien no ha fracasado nunca, es que no ha intentado nada. Pero sobre todas las cosas,
a mi me importa la sonrisa idolatrada de mi mamá, que es lo único que me salva.