Quería que la trataran con la delicadeza que se trata a las cosas frágiles. Que la besaran con la ingenuidad con la que se da el primer beso. Quería ser todo lo que aspiraba antes de morir y volver a nacer de nuevo. Que le dieran más abrazos que ganas de quedarse y que la hicieran sonreír mirándola a los ojos porque lo demás, lo demás llega solo...
Quería que la quieran como si el mundo fuera a acabarse, que intentaran dominarla y que no puedan, y que eso bastara para enamorarse. De ella. Para siempre. De sus ojos.
Quería que la quieran como si el mundo fuera a acabarse, que intentaran dominarla y que no puedan, y que eso bastara para enamorarse. De ella. Para siempre. De sus ojos.
Los ojos más profundos de todos, más oscuros que la noche y más grandes que el cielo.
Y de sus labios, que comenzaron a decirme todo esto mucho antes de hablarme.
Era de esas personas que siempre te hacen sentir que sos menos. Haberla visto llorar fue lo más similar a un cover triste de bon iver hecho carne y huesos.
Y más huesos que carne. Y quebrados, pero a la vez, ilesos.
Tan acostumbrados a golpearse que no había nada que pudiese con ellos.
Haberla hecho sonreír fue lo que me hizo adueñarme de su cuerpo por completo.
Me dio el -sí, quiero- en una carcajada y me juró con los dedos que en mí, esta vida por fin se le terminaba. La quise como nunca había querido a nadie. A nadie ni a nada.
Me dio el -sí, quiero- en una carcajada y me juró con los dedos que en mí, esta vida por fin se le terminaba. La quise como nunca había querido a nadie. A nadie ni a nada.
La quise como si supiera que por más fuerte que la abrazara y por más besos que le diera, no existía manera de hacerla permanecer de pie por mucho tiempo...
Como si supiera que de tan frágil un día podía romperla. Desnudarle el alma.
Y verla morir, de nuevo.
