Ahora que miro atrás y veo tan lejos mi sala amarilla de 4 del jardín pienso en todo el tiempo que desperdicié maldiciendo los deberes fáciles y cortos de la primaria; y quejándome de los textos de comprensión de las primeras pruebas de lengua de la secundaria. Se me junta un puñado de recuerdos que solo encierro en una mano y no alcanzaría a contar en toda una vida. Ya ni sé cuanto fue en realidad el tiempo que pase esperando a que llegue por fin el final; cuantas veces me pregunté porque no me hacía mayor de repente y la escuela pasaba más rápido, y tampoco sé cuantas veces pensé hoy mismo que quiero volver tan atrás, que ni con la fuerza mayor que exista podría... Todavía no se usar las palabras -terminé la escuela-, todavía respondo -estoy en el último año- cuando me preguntan ¿Qué hago? Me cuesta aceptar que al final, el final estaba mucho más cerca que cualquier despedida, que todas las cosas que me sabían tan diarias y aburridas hoy, quedan allá, atrás, al principio de mi vida muy lejos de donde estoy ahora. Trato de ponerme en mente una meta, de buscar un punto fijo y no mirar hacia el costado. También trato de pensar que todo pasa por algo, y que de la nada se puede escapar, para no ahogarme en nostalgia rotunda que me inunda el alma, los ojos y los días. Esas cosas que tenía tan incorporadas y hoy se marchan, como todas las veces que falté a clases y hoy me arrepiento; las frases robadas que escribí en cada mesa, las carpetas y hojas y cuadernos y cartucheras que odié ver por momentos y voy a extrañar toda mi vida. No todos tenemos la misma suerte pero esta desteñida que nos permite llegar al primer y último año de escuela en un lapso de tiempo que pasa volando, es la que muy pocos sabemos disfrutar correctamente.
Hoy me despido de todo, de todo eso que me hizo ser.
Hoy me despido de todo, de todo eso que me hizo ser.